El olvido inexorable
Suele suceder, tristemente muy a menudo, que los muertos ajenos pasan rápidamente a morar en la galería del olvido colectivo. Hasta cabría esta calificación a los muertos propios, a los cercanos, quizá no en la inmediatez: el tiempo todo lo borra.
Y no se trata de llevar flores a la tumba. No. El olvido sentimental, el afectivo, es el que da pie al olvido más espantoso que podamos sufrir por parte de los que vienen marchando de atrás, a paso firme.
La muerte suele marcar la división de lo que se es y lo que se dejará de ser. Al trasvasar su frontera, la vida pasa a ser simplemente pasado: presente y futuro dejan de existir. ¿Es tan importante el pasado? Para una sociedad que lleva a cabo un incansable y notorio hincapié en el devenir, la respuesta es negativa.
¿Quién habrá de acordarse de los que ya no están? Obrarán en la memoria quebradiza de sus afectos, hasta que sus propias memorias echan vuelo al mismo cielo del olvido… Las generaciones se suceden, y aquellos mártires de antaño pasan a ser figuras totalmente relegadas, exentas de evidencias, repletas de anonimato.
Es inexorable de que así sea: en breve, o en un par de centurias, seremos fruto de la oscura y tan temida indiferencia.
Al menos de los individuos que me rodean –me incluyo, por supuesto– nadie es tan eminente como para que no reciba el olvido como parte de pago de una sociedad futurista, progresista, compleja, carente de valores y ególatra de raíz.
Una sociedad que, encuadrada dentro de los cánones previsibles, bien podría ser la nuestra.
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