Sin tiempo para el aburrimiento

¡Qué bello es sumergirse en el mundo de la lectura! Con ella, no hay espacio para el aburrimiento. No obstante, abarca ésta sólo la mitad de mi camino, pues en el carril opuesto, y en la misma dirección, casi desde el principio, está la necesidad de relatar mis propios universos, esos que aparecen de repente en mi cabeza y no hay forma de que desaparezcan hasta que les doy forma “a golpe de letra”. Tras un libro que nos hace soñar, amar, llorar, odiar… figura el sueño, la lucha, la pasión de otra persona.

No voy a perderme en comparaciones de por qué los que jugamos en este lado de la vereda lo hacemos. Sinceramente, ¡no lo sé! No me considero nadie especial, ni creo que tenga una sensibilidad distinta. Es algo que necesito hacer. Si no escribiera, la vida se me quedaría corta, me ahogaría con mis propias emociones, moriría un poquito cada día.

Escribir es un modo de vida, es expulsar el yo interior al vasto mundo, cruento, difícil, aunque maravilloso y abierto a que lo exploremos las veinticuatro horas del día a través de nuestra imaginación y, acto seguido, volcarlo al papel o a un procesador de textos.

Al efecto: escribir es mi pasión, tanto como la lectura. Punto y aparte.

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