Vemos lo que queremos ver...
Siendo la vida un peligro inminente en cada paso que damos hacia adelante, para muchos no hay demasiados problemas en exponerse a las artificiosas amenazas que nos imponen. Ese es un pensamiento predominante en amigos y conocidos.
-De algo hay que morir –me dijo, muy convencido, una persona en la cola para ingresar a un comercio céntrico de la ciudad. Por supuesto, con el barbijo a la altura del mentón.
Cada quien es dueño de su libertad para ejercerla de la forma que se le plazca. Un derecho natural y cívico con el que estoy completamente de acuerdo y amo disfrutar.
Ahora, cuando esa libertad se convierte en peligrosa o nociva para quienes lo rodean, o para terceros que por casualidad, o causalidad, pasan a su par, deja de ser un derecho inalienable.
El ser humano es un ser razonable, aunque ese admirable sentido de razonamiento, el que nos distingue de los animales, suele quedar obstruido y anulado, de manera inexplicable, cuando una ceguera mental lo domina, por lo general, por culpa de un odio extremo, contenido y difícil de expresar. Una ceguera espiritual con ojos bien abiertos; quien la sufre, no logra -ni desea- percibir.
Estamos programados para ver lo que queremos ver, y añado algo: oír lo que queremos oír. Por acto reflejo, refutamos lo supuestamente abominable y, si no queda otra que soportarlo, jamás nos dispondremos a abrir la mente para que ingrese a formar parte de una aceptable convivencia… por más que aquello sea para salvaguardarnos o, en el mejor de los casos, salvaguardar del peligro a los demás.
En los momentos críticos reflotan las fidedignas identidades mentales de la gente, ocultas en tiempos de sosiego. Hoy vivimos uno de esos momentos. Me han sorprendido gratamente algunos individuos; en cambio, otros me arrojaron “el ánimo por el piso”.
Por suerte, y con el correr del tiempo, los pensamientos que regulan nuestros actos cotidianos suelen cambiar… y a la postre terminamos haciendo lo que, alguna vez, jamás pensamos.
Podemos cambiar. Espero que ese cambio, si viene, sea para bien, aunque resulta cada vez más arduo percibir y entender lo que está bien y está mal; al menos, a mí me ocurre, y cada vez con mayor asiduidad.
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